LA HISTORIA DEL CÓMIC ERÓTICO. Parte 1: Del arte y otras cachonderías

23 Septiembre, 2016

LA HISTORIA DEL CÓMIC ERÓTICO. Parte 1: Del arte y otras cachonderías

Por Adrián Nieve

Gorilas y gorilas, les traemos acá el primer episodio de una larga entrega acerca la historia del cómic erótico y sus principales representates. Obviamente el contenido es para mayores de 18, así que si eres menor de edad y estas leyendo esto...pues no hay mucho que podamos hacer al respecto más que decirte #ChiquitoMalcriado

PARTE I: Del arte y otras cachonderías

               

Un durazno carnoso chorreando de jugo mientras lo muerdes, la textura de una alfombra en la planta de tus pies descalzos, el olor del perfume de tu pareja mientras una enorme concentración de sangre se frota contra el interior de tu pantalón o la sensación debajo tu vientre que trae la visión de un tipo atlético y de ojos claros y brillosos que se ha acercado a hablarte. Lo erótico tiene muchos nombres y formas, pero todas lo definen como algo que nos genera deseo del tipo sexual y concorde con nuestra subjetividad y sus caprichos. Ya luego la filosofía, especialmente la estética, lo ampliaron a las ideas de la sensualidad y del amor romántico pero nada de eso quita la base de lo erótico: el deseo sexual.

Ahora, ha habido muchísimas representaciones de lo erótico en diferentes estratos del arte, pero también podemos observar variadas diferencias en cómo es visto según cada cultura y sociedad que ha lo ha plasmado de una forma u otra. Por eso definirlo se hace difícil, porque estamos hablando de algo que involucra las opiniones personales, las normas de una sociedad específica y los valores culturales, distintos de región a región. Esta ha sido la principal razón por la cual muchos han podido comparar a lo erótico con lo pornográfico, aun si estos no tienen nada que ver el uno con el otro. El primero es sutileza, el segundo es violencia. Pero, hay que admitirlo, toda esta mezcla de valores culturales, sociales y personales han hecho que sea delgada la línea roja que los separa.

Por eso acá solo se hablará de cómics. Cómics eróticos o de temática sexual. Así que prepárense y estén listos tanto para excitarse (un poquito) como para aprender una cosa o dos.

                    

Los cómics son un medio de expresión artística. Lo cual significa que están abiertos a ser usados para representar una diferente gama de cosas que sienten, sentimos o sintieron, los humanos desde el principio de los tiempos. O, bueno, desde que obtuvimos la complejidad de pensamiento necesaria para requerir expresar algo que pensamos en forma de arte en lugar de solamente gruñir al sol y sentirnos satisfechos. Y esta complejidad, como todo lo interesante sobre esta tierra, fue convirtiéndose en algo cada vez más y más, valga la redundancia, complejo. De ese modo obtuvimos todas las vasijas, esculturas, pinturas y telas que representan diferentes aspectos de la vida de todas las culturas del mundo a lo largo de los años que la humanidad ha estado activa. Es así que sabemos que los griegos no tenían concepto de pornografía, por ejemplo, pues eso no llegaría hasta la era Victoriana, o que estos mismos griegos preferían los falos pequeños pues los enormes eran considerados graciosos y no algo a lo que aspirabas. O que los romanos consideraban que una escena sexual era la mejor forma de decorar tu sala, pues estas eran vistas como algo de buen gusto. Y si no me creen nada más denle un vistazo a la Copa Warren.

Creo que es bastante lógico especular que desde que el primer cavernícola tuvo contacto sexual con alguna mujer (o animal, u hombre, no habían muchas distinciones en ese entonces) decidió que lo sorprendía tanto que tenía que hablar de ello todo el tiempo, pero como el lenguaje no era lo que es hoy, pues lo dibujaban en sus cavernas y pensaban en ello mientras a su alrededor crecían las sociedades y se formaban comunidades que se veían obligadas a crear conceptos universales para velar por la paz y la armonía. Si las comunidades se formaron por esa necesidad de supervivencia, también se sostuvieran en la promesa de que sin ellas solo quedaba la horrible soledad y, por ende, la muerte. Pero ¿qué hacer con el sexo? ¿qué hacer con algo que tenía más relación con la vida interna que la externa al momento del orgasmo? Pues, sin entrar en detalle, las diferentes culturas tenían diferentes visiones del sexo y todo lo que generaba. Es por eso que tenemos obras como el Kamasutra, que era una exploración espiritual del deseo humano, lo cual incluía la seducción y la misma infidelidad, además de la exploración del placer en diferentes aspectos de la vida humana. Y, de hecho, sorprende como los conceptos han ido cambiando con el paso de los años ya sea a nivel oriente-occidente, o continental, o incluso de ciudad en ciudad.

Pero avoquémonos al cómic. Quizá uno de los más famosos antepasados del cómic erótico sea el Shunga, que eran ilustraciones eróticas que se vendían en Japón como pan caliente allá por el 1700. Deseosos de mostrar la cotidianeidad de la nueva clase social chonin (digamos que los clase media de su época) tomaron el ukiyo-e, que eran pinturas hechas en bloques de madera, y empezaron a hacer representaciones idealizadas, eróticas y fantásticas donde se mostraba a gente de todas las edades en actos sexuales, en parte porque era divertido y educativo mostrarlo, en otra porque la sociedad condenaba el adulterio y las conductas reprobables en sociedad, lo cual limitaba el desenfreno sexual que era mostrado en los mismos shungas. Por lo general veías a un hombre y una mujer y muy poco arte con representaciones de sexo gay, mucho menos lésbico, aunque si veías varias con pulpos (desde ya), pero lo importante no es que haya habido mucho o poco de estas representaciones, sino que existían, los shungas eran un espacio en el que se mostraba todo aquello que la sociedad pensaba pero no decía. Estas imágenes eran arte erótico que consumía más el pueblo llano pues no tenían los recursos económicos para irse a visitar a las cortesanas de Yoshiwara, por ejemplo, entonces se conseguían una de estas imágenes y la gozaban. Los Shungas, también, eran muy interesantes porque representaban a la gente vestida (pues por los baños comunales los japoneses estaban acostumbrados a la desnudez) y siempre intentaban mostrar dos caras en cada personaje del cuadro. Una era la regular y la otra estaba dibujada en los genitales. Las expresiones siempre eran de exagerado placer o dolor y los genitales eran enormes en un sentido cercano al que aplicaban los antiguos griegos sobre los falos enormes. Así nacería la base de lo que es el hentai moderno.

                Arte de Katsukawa Shunsho, un capo del Shunga

Lejos de ahí, en la Inglaterra de 1731, William Hogarth creaba una serie de 6 pinturas llamadas A Harlot’s Progress que mostraban la trágica historia de Moll Hackabout que llega del campo a la ciudad de Londres y se ve obligada a convertirse en prostituta. Ahora, esa historia es muy triste y dista de ser erótica en los sentidos que le atribuimos a lo erótico hoy en día…pero en su época fue algo osado y estas pinturas se hicieron populares por ese coqueteo que tenían con el mundo subterráneo de los placeres prohibidos. Justamente esta historia inspiraría a Thomas Rowlandson a hacer A Rake Progress (1732-1733), otra tragedia que esta vez mostraba la decadencia de un joven heredero en el mundo de los, adivinen, placeres prohibidos. Ahora, si bien son tragedias y podrían ser utilizados como una lección moral de a qué es lo que te lleva una vida de exceso, son muy importantes pues pavimentaron todo para que durante la Era Victoriana (1837-1901) pueda crearse el concepto de pornografía del cual se valieron artistas como Aubrey Beardsley (1872-1898) para traernos su arte oscuro, perverso y grotesco, curiosamente basado en los shungas japoneses, pero representados con tinta negra. Aubrey era parte de un movimiento estético del cual también era miembro Oscar Wilde, con el cual tenía una divertida enemistad, un movimiento llamado esteticismo que buscaba que la literatura, la pintura, la música, el arte en general, favoreciese lo estético por encima de lo social y lo político, es decir que apuntara más a ser hermoso que a ser significativo. Esto podía significar desde hacer las cosas más sublimes como las más perversas, pues la belleza también puede ser representada por aquello que nos negamos a ver por mucho que esté debajo nuestras narices o que no vemos muy a menudo pero que sabemos que existe y de la cual, quizá sin saberlo, ansiamos su presencia. Aubrey tenía una actitud muy propicia para la decadencia pues buscaba representar lo grotesco en una sociedad atrapada por sus propias moralinas y ansiosa de encontrarle alguna salidita al morbo, lo cual lo propició como un autor que levantaba las pasiones de las personas, ya sea porque las horrorizaba al punto del ardor o les hacía picar el morbo al borde del excitamiento.

                                    Arte de Aubrey Beardsley

En 1875 nacería Donald McGill, uno de los artistas favoritos de George Orwell y también uno de los más censurados hasta su muerte en 1962. McGill se caracterizó por sus postales humorísticas y/o eróticas durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918) que se manejaban con muchísimos innuendos, con personajes estereotípicos – quizá popularizándose como tales en este artista – tales como la jovencita atractiva y su contraposición que era la señora regañona y poco atractiva, además de otros famosos como el borrachín de mediana edad, la pareja de recién casados en situaciones ridículas que, en realidad, se reían de la sociedad y no con ella. Estas postales de McGill tienen más valor como comentario social que como parte de la historia de lo erótico, pero se incluyen porque retrataban ese coqueteo que se tiene con lo sensual a través de sus disparatadas sugestiones, que pasan por vulgares pero no por ello menos astutas. Esto caía muy bien en una sociedad inglesa que ahora tenía a los soldados regresando de su tour por Francia, con los labios llenos del jugo probado en las mujeres francesas, más expresivas en y abiertas al sexo y ahora creaban un contraste importante con las mujeres inglesas, más esclavizadas al trabajo y a las moralinas de las idiosincrasias de su país. Y en ese contraste se exacerbaba el deseo.

McGill es un paso importante a lo que luego sería Charles Gibson (1867-1944), quien estereotipó su propio tipo de chica platónica como la clásica pin-up norteamericana de Gibson, la que representaba el ideal masculino de belleza femenina de la época. La Chica Gibson era la fusión de la Chica Frágil, que tenían un tono respetuoso a la hora de dar sus líneas sugerentes, con la Mujer Voluptuosa, quien exhibía una figura poblada de redondeces y curvas sensuales pero que no era necesariamente vulgar, como solían ser los personajes femeninos que poseían ese físico en la concepción del estereotipo que tenía la gente de esa época. El resultado era una chica con el torso en forma de S que resaltaba con corsés, alta y voluptuosa pero delgada. La Chica Gibson era el símbolo de la juventud y la belleza efímera, usaba los peinados de moda, era relajada y tenía mucho estilo. Independiente y dueña de sí misma, buscaba mejorarse yendo a la universidad, aun si todavía pensaba más en el matrimonio y que nunca habría participado del sufragio femenino, el cual comenzó a forjarse en esas épocas como parte de la propuesta que se hacía de la Nueva Mujer independiente, propuesta de unas pocas mujeres cansadas del trato a su género durante esos tiempos. La Chica Gibson era estéticamente una provocación erótica aun si, socialmente hablando, era un objeto, una cosa más que caía en la guerra entre el macho Alfa y el Beta por su atención y por la abolición de este movimiento de mujeres que buscaba cosneguir la libertad de la Nueva Mujer Independiente. Nada de esto evitó, y hasta se diría que propició, que esta clase de aventuras y dibujos se popularizaran en Inglaterra y generaran importantes ingresos para famosas revistas como Blighty. Fue así que llegaron a un público cada vez mayor, mismo que a medida pasaba el tiempo necesitaban que las cosas fueran cada vez más y más atrevidas.

                   Las Chicas Gibson

 

No se pierdan el próximo episodio de La Historia del Cómic Erótico, donde hablaremos de la Biblias de Tijuana y de Norman Pett