Un cisma en la ficción moderna

2 Junio, 2017

Un cisma en la ficción moderna

No es raro que en la calle veamos una polera de Superman o un juguete del Hombre Araña. Demonios, hasta las mochilas con forma del escudo del Capitán América se venden como pan caliente en algún confín del amplio norte y hasta uno de esos tipos que antes te hubieran jodido por saber quién es Peter Quill puede, hoy, decirte que le encantó Guardianes de la Galaxia. Pareciera que los cines tienen una película de superhéroes en su cartelera el año redondo y está llegando a La Paz la costumbre de ir comprando cómics coleccionables para seguir las aventuras de esos mismos personajes desde otro medio que no sea el del cine. No solo han escapado de la pantalla grande a la chica, sino que tienen juegos, revistas especializadas, juguetes, páginas web enteras, dedicadas a ellos o a sus contrapartes en los cómics que, efectivamente, han aumentado sus ventas. Los niños juegan a que son Tony Stark o Kal-El (Iron Man y Superman, en español) y esperan ansiosos a que los aburridos créditos finales de una película Marvel lleguen a su conclusión para ver la poderosa escena post-créditos que unos tipos diez o quince años mayores, hasta más, están disfrutando a lado de ellos. Claro que mientras las guaguas al parecer solo pillan la heroicidad y las explosiones, estos tipos mayores ven cosas que los niños no vieron como los dobles sentidos o los significados de las acciones del personaje principal. Algunos nunca han visto una sola película de superhéroes antes o, peor, ni siquiera han leído las historietas donde estas historias salieron originalmente, así que tienen que soportar al molesto amigo, si lo tuviesen y si fuese así, que les dice que todo eso ya estuvo en los cómics y que deberían haber hecho que el Mandarín fuese más fiel al original y que eso es una basura que arruina toda la película. Y, claro, en este punto el amigo está como: “¡Jódete, hermano! ¡El pinche Tony Stark acaba de darle un golpazo al bastardo que he estado odiando desde que me enteré que es el verdadero malo! El que hacía de Gandhi era un pinche señuelo ¿entiendes? No hizo la típica egocéntrica de mostrar la cara y…”. Podríamos seguir y seguir en esas eternas discusiones que los fanáticos solemos tener acerca la precisión con que se manejaron nuestras ficciones favoritas, lo cual antes era un incidente aislado que la gente, a veces, disfrutaba al encontrarse con datos no conocidos antes, que para quien sea que leyó apenas un cómic o vio algún programa de TV de pasada es fácil apreciar, aun si ahora resulta más cansino porque está en todas partes. En los muros de Facebook, en nuestras charlas que en algún momento de nuestra semana los abordan por mucho que a nadie más que a nosotros, los fanáticos, nos interese, o llegan por la mera casualidad de entrarnos al cine con la novia a no-ver cualquier película y terminar encantado y gritando como descosido “¡TÚ PUEDES, STEVE ROGERS! ¡MANDÁ A LA MIERDA AL NABO DE ROBERT REDFORD!”, cosa que no creo que haya pasado jamás pero que sí sería algo digno de ver.

Yo le aplaudiría al tipo, lo juro.

El punto es que, ahora, estas ficciones han cobrado una relevancia que antes no tenían y eso ha causado un cisma no solo entre el público en general, o los fanáticos sino en los mismos artistas y escritores que trabajan, o no, con estos superhéroes desde hace mucho antes de que se pusieran de moda.

Pero este es el mundo en el que vivimos ahora. No hablo del triunfo del geek ni ninguna de esas basuras de las que aun no estoy tan seguro. Hablo de esta inundación en la que nadamos sin darnos cuenta: los superhéroes han invadido la cultura popular y muchos lo estamos disfrutando, tanto o más de lo que lo están odiando los que no gustan de estos seres o, peor aún, a los que no les importa. Desde los posters de las películas hasta comerciales en el diario o las fotos y comentarios en todas partes, los superhéroes han llegado para asentarse en el imaginario social de tal forma que ya utilizamos expresiones que incluyen a Hulk o al famoso Joker de Heath Ledger. Han producido suficientes productos ficticios que han fascinado a muchos y han extendido su influencia de las páginas de los cómics a tanto medio como han podido en el paso de casi quince años de ser dueños de taquilla y romper records económicos como nunca antes se ha visto en la historia del cine, además de influenciar en las infancias de más niños y niñas que cuando estaban limitados al formato comiquero. Guste o no guste, los superhéroes, sus cómics, sus películas, su influencia, no son algo que podamos mirar desde arriba como parte de la comunidad friki, ni que podamos mantener lejos por mucho tiempo. Están aquí para quedarse de moda, no sabemos cuánto. Pero sí sabemos que se están adaptando y refinando para poder quedarse por mucho tiempo. El problema acá es que aquellos que ya habitaban estas tendencias antes de que pasaran a ser populares han empezado a sentirse desplazados de alguna forma, y ahí no quedan muchas opciones más que unirte o intentar matarlo. Alan Moore, famoso anarquista y escritor de novelas gráficas famosísimas y geniales como Watchmen, es un ejemplo de un veterano de la industria que detesta el proceso. No hace mucho que Moore condenó a los superhéroes al calificarlos como una “catástrofe cultural”, o Alejandro Gonzales Iñarritú, director de la aclamada Birdman, que calificó a la tendencia de películas de superhéroes como un genocidio cultural, sumándose a los artistas en contra los superhéroes que no tenían nada que ver con la tendencia antes de que se pusiera de moda.

Tiene sentido. De verdad que lo tiene, pero no hay que perder de vista que todo este rollo de los superhéroes en el cine es un gran producto, vende hartísimo, hace sonreír a los niños y emociona a los que ya se acercan a la adolescencia, donde no dejarán de disfrutarlo pero con otros aires, con algo menos de fantasía y fijándose en detalles diferentes. No importa el formato, los escritores son en muchos casos los mismos y saben cómo cautivar a su público. Han tenido más de setenta y cinco años para refinar el arte de llegarle a las masas con ficciones que las reflejen y representen, en los mundos fantásticos e improbables de los superhéroes donde los problemas mundanos son solo el agravante de la trama principal y no la trama principal en sí. Y eso no está mal. Con un límite, claro, pero creo que las personas saben, o son capaces de aprender, a tener límites de lo que ellos consideran sano. Y es posible que los niveles de sanidad varíen, pero ¡hey! no están dañando a nadie así que no importa demasiado. En teoría estoy de acuerdo con este principio. Me gusta Daredevil y me sé toda su historia, hasta me sé quienes escribieron sus cómics y me aprendí el nombre del sonidista de la nueva serie de TV porque ¿escucharon como suenan esos puños en contraste con la música, los diálogos y otros efectos de sonido? Nítido, hermoso, todo claro y digno de un aplauso muy merecido. Y ese es mi asunto, porque la verdad sea dicha no tendría que importarle a nadie que vaya a lejanías tan extremas como saber de la existencia de las personas detrás estas películas y programas, pero hoy en día ya no es un asunto que quede en mí solamente porque no solo se ha puesto de moda vender a estos superhéroes sino que también se ha puesto de moda hablar y ventilar todas nuestras opiniones sobre ellos *sonríe incómodamente* a quien quiera leerlas o escucharlas. Hablamos de estos personajes, los incluimos en nuestro día a día y los volvemos parte importante del entretenimiento y la cultura popular mientras nos convertimos en perfectos consumidores de los productos que miles de empresas sacan con su nombre. Ahora, todo esto debería importarnos a todos, no solo porque podemos estar entrando y expandiendo un universo que ya era vasto de por sí, poseedor de mitologías, ritos y costumbres propios que lo mantuvieron vivo durante setenta y siete años, sino porque también se están construyendo realidades económicas y sociales alrededor de ellos y han llegado a afectar a la cultura de formas que muchos consideran que es, o será, dañina.  

Pero no nos apuremos, porque tampoco vamos a llegar nada. Más bien démosle una chance y exploremos superficialmente de qué trata todo esto. Tenemos en pantalla a hombres y mujeres todo musculosos y/o sensuales, que no parpadean en situaciones donde cualquiera de nosotros estaría aterrorizado y que tienen el poder de usar ropa super ajustada y verse bien mientras utilizan ese poder del que hablaba y otros más para algo tan común para ellos, y tan enorme para nosotros, como es salvar a más de quinientos millones de personas de una muerte segura. Si te pones a reflexionar en ese número es abrumante pensar en cada una de esas vidas y eso, sin duda, quieren los escritores que pienses, para que reflexiones en la grandeza y grandiosidad de estas acciones de héroes ficticios que son, justamente, eso: ficticios, no existentes, partes importantes de un invento humano llamado trama, que nos mantiene interesados en algo que no trata sobre nosotros pero que de alguna forma nos refleja. Y nos refleja porque se ha construido con nosotros, incluso antes. Nuestros padres y abuelos crecieron sabiendo algo sobre ellos y se los han presentado con otras formas y otros colores, muchas veces con otros nombres, de tal manera que no pueden casar al Batman de sus tiempos con el agresivo y alevoso tipo que sus hijos admiran hoy, del mismo modo que muchos a veces no entendemos a generaciones diferentes de las nuestras. El tiempo ha pasado, la realidad es otra y para mantenerse relevantes los héroes han cambiado con los épocas y se han moldeado para que puedan acompañar a sus consumidores a través del tiempo. Y sí, apuntaban a la gente que vive en Estados Unidos, mayormente, pero igual llegó hasta nosotros porque aun si cierta historia estaba destinada a generar simpatía en un chico de color de algún barrio pobre de Estados Unidos, algo en ello resonó para un chico boliviano que recibiría esa historia, quizá, veinte años después de su publicación original. Globalización, que le dicen.

Quizá fue de tal forma que el “american dream” se propagó hasta donde no tenía chances de existir, quizás fueron estos cómics los que abrieron los ojos de muchos niños a mirar la realidad de otra forma, o a no mirarla en absoluto. Lo cierto es que más allá de ello, los cómics sí estaban sacando su fuerza e historias de la realidad y sus vicisitudes. En Estados Unidos los hijos de la Gran Depresión entraban al mundo de la adultez golpeados por la dureza de sus vidas (al menos en la clase media) pues recién se levantaban de una de las crisis económicas más fuertes en la historia del mundo, la cual privó a muchos de estos, ahora, adultos de una educación apropiada por la creciente necesidad de trabajo y dinero. Es en este contexto que dos flacuchos judíos llamados Joel Shuster y Jerry Siegel desquitaron todos sus traumas del cole creando a un Superhombre, inmigrante de otro planeta, que pegaba a todos los abusadores y luchaba por la justicia absoluta. Y cómo estaban en la era en que las sindicaciones de los cómics adquirieron fuerza, dando a sus autores beneficios por las apariciones de sus tiras cómicas, semanalmente, en diferentes diarios de distintas ciudades del territorio estadounidense, pronto Shuster y Siegel se vieron recibiendo buen dinero por cada página que dibujaban con Superman como personaje.

Esto no es extraño, ni tampoco lo fue que Superman fuera el primer superhéroe en recibir su propia historieta dedicada enteramente a él. Estaban en la resaca de una muy mala borrachera, despertando con el sabor a la miseria de los años treinta precedentes y con las nubes de la Segunda Guerra Mundial avecinándose encima de ellos, aun si fuera en Europa donde todo parecía tan lejano. Y de pronto entra en juego este Hércules vestido de spandex azul y usando una capa que se hacía más ridícula con esa tonta “S” en su pecho. Sí, más de uno debe haber pensado algo así cuando vieron por primera vez a Superman pero al final era un tipo imponente, que además podía hacer todo lo que nosotros queremos hacer cuando nos ganan las ganas de soñar despiertos. Y resulta que el maldito se disfraza como un inútil más del montón, casi como una burla contra los humanos que lo ven como admirable pues Superman no tiene que sudar una gota y se burla de nosotros sudándola de todas formas. Este y otros pensamientos surgieron en esa época, pero no importando cuantas hayan sido las variaciones de esa y otras opiniones, el caso es que los cómics del superhombre terminaron por venderse y venderse y venderse sin parar, al punto que otros no tardaron en sacar sus propias versiones de hombres improbables que representaban al bien y se enfrentaban contra el mal en mundos y situaciones fantasiosas que agradaron de inmediato. Por fin un escape a la realidad o una muleta para enfrentarla, al fin una distracción de lo real antes de volver a confrontarlo, ya existía un descanso en la ficción que no requiriese leerse todo un libro y que, además, era vistoso y divertido. Basados en mitos y realidades, los superhéroes rememoraban a Aquiles, Jason, sus argonautas, los aqueos y hasta los príncipes árabes de antaño y héroes bíblicos como Sansón. Todos esos capos de una era tan romántica en que los buenos eran lindos y los villanos deformes. Bueno, no mucho ha cambiado, eso hay que admitirlo.

El caso es que el éxito de Superman alcanzó niveles sin precedentes que ni siquiera sus creadores esperaron. Un bicho que pintaron una tarde de lluvia termina siendo una de las más grandes influencias culturales de todos los tiempos. Eso nadie se lo espera, ni tampoco lo hicieron sabiendo que tenían algo titánico en sus manos, algo que perduraría muchos años y que cambiaría el mundo de distintas formas. No todos pueden ser Bill Waterson[1]. Pero ni bien los publicadores, una empresita que ahora se hace llamar DC Cómics, vieron la chance de hacer más billete del que hacían gracias al superhombre, pues ni modo que dijeran “¿para qué?”. Se lanzaron a crear radionovelas, tazas, loncheras, lo que sea que pudiesen vender al creciente número de niños que llegaba directo del colegio a escuchar las aventuras de Superman por la radio. Y la ventas subían y el dinero aumentaba y Superman seguía golpeando villanos como nadie, a tal punto que para 1939 el mercado estadounidense está inundado de superhéroes de distintas editoriales que no sobrevivieron al paso del tiempo o que, si lo hicieron, aun mantienen esa encarnada lucha económica y cultural con la DC, que para colmos de sacar el personaje que definiría un lado del mundo de los cómics, también crearon al personaje que definió a todo el otro lado del mundo de los cómics, sacándolo de las páginas del pulp, que eran estas historietas de aventureros más al estilo Indiana Jones o con tramas parecidas a Pulp fiction de Quentin Tarantino, y cambiándole el nombre a Batman. Con eso ya tenías a otro tipo de público que estaba más interesado en la vulnerabilidad de Bruce Wayne en contraste con la invulnerabilidad de Superman. Y así empezó la era dorada de los cómics, donde las astronómicas sumas que sacaron las empresas de las ventas de los mismos las han sustentado hasta el día de hoy.  

Esta era dorada dejó atrás no solo a la DC y la Marvel bien establecidas con héroes como los ya mencionados Superman y Batman sino también con el Capitán América, primer “héroe bandera” que golpearía el asunto de la guerra de frente y la Mujer Maravilla, primera superheroína que no era la versión femenina de algún varón y primera superheroína feminista gracias a los ideales de su creador William Moulton Marston. La sindicación y propagación de este fenómeno consintió que este crecimiento económico les permitiese darle una oportunidad a jóvenes artistas, muchos de los cuales no habían podido estudiar como hijos de la Gran Depresión y cuyos talentos, por lo general, se reducían a saber dibujar muy bien. Pronto los analistas económicos notaron como el crecimiento de estas empresas se volvía evidente, pese a estar fundamentado, básicamente, en el dinero del recreo de sus más fervientes seguidores, es decir niños de 7 a 17 años además de los muchachos que iban a la guerra allá en Europa. Esto no solo le enseñó las editoriales quienes eran su público principal, sino que también les dio la chance de pensar en nuevas formas de complacerlos. Así se empiezan a ver situaciones en las que Superman por un error típico de un ser superpoderoso, no es aprobado para ir al frente de guerra pero no parece preocupado porque sabe que los soldados lo tienen todo bajo control, o incluso empiezan a ver a un mocoso como ellos que se hace llamar Robin y que vive el sueño que la mayoría ya abrazaba: vestirse con mallas ayudar a Batman a defender ciudad Gótica en cómics que parecían ilustrar que la fuerza te hacía estar en lo correcto. Pero el fin de la guerra forzaría a que los soldados y los más jóvenes se viesen obligados a crecer, dejando de lado a la moda de los superhéroes, relegados ante la dominancia de las ficciones sobre criminales o de terror, géneros que ganaban terreno en un público que no estaba tan interesado en las, entonces, más sosas tramas que la censura de la Autoridad del Código del Cómic permitía en los superhéroes.     

La llegada de Stan Lee a la industria cambiaría el juego en una era dónde lo atómico y lo espacial eran realidades novedosas que traían fascinado al mundo entero. Ahora el superhéroe no era este dios viviendo en el mundo de los mortales, ahora era este chico común y corriente que todavía experimenta la adolescencia y tiene que enfrentarse, primero, a sus problemas rutinarios y, luego, a sus enemigos superpoderosos y su vida de superhéroe. Los cómics empezaron a retratar situaciones muy reales y, gracias a Stan Lee, se optó por la integración racial y el tratado de temas censurados como el consumo de drogas en sus páginas. La muerte de Gwen Stacy, personaje seminal en el mitos de Spider-Man, convencería a diferentes públicos que ya no se estaba frente a los desactualizados e idealistas moralistas de antaño, idea que se asentaría con la fascinación cultural y el incremento en ventas de historietas que generó la primera película sobre un superhéroe: Superman, del año 1978, dirigida por Richard Donner con Christopher Reeve encarnando al mítico personaje; eso junto a un nuevo tono para los cómics que generó la publicación de la primera gran crítica a estos superhéroes desde sus propios medios y términos: Watchmen de Alan Moore, quien junto a, pero no a lado de, Frank Miller y su Dark Knight Returns establecieron un tono más adulto y oscuro, propios de la era, en comics que lidiaban con públicos que tenían que vivir bajo los mandatos de Reagan y Thatcher. Ya la historia de la aparición de los primeros antihéroes, el cuestionamiento del excesivo poder de Superman, cuya muerte ficticia generó no solo muchísimo dinero para una industria moribunda sino prensa y cobertura en todo medio conocido por el hombre, vinieron después. Así como la incorporación de la realidad en las historias de los superhéroes vendría poco a poco, dándose su tiempo para acomodarse del todo en la era moderna del cómic, lo mismo pasó cuando la industria quiso inmortalizarse en el “mainstream” y dieron el gran salto al cine.

Ese fue el proceso hasta este punto. Un viaje de muchos años alrededor de distintas conveniencias nacidas a partir de una mina de oro. Los cómics eran un producto vendible, una empresa muy próspera, una inversión interesante que, además, era tema de conversación todos los días, que tenía seguidores religiosos que consumirían su producto porque era parte de quienes eran y en cuyas historias se podía llegar a públicos de diferentes gustos que disfrutaban viendo al personaje siendo expuesto a una amplia variedad de tramas. Y ahora hacen lo mismo en una pantalla enorme con efectos que me sorprenden por su realismo, con historias tanto cómicas como oscuras donde todo puede pasar. Así que con una historia tan pesada, tan corta pero tan influyente como es la historia de la industria del cómic, no se puede pensar que su influencia cultural es poca. Pero ¿es esta moda un genocidio cultural, tal como dijo Alejandro Gonzales Iñarritú? O, buscando a alguien mejor fundamentado ¿una catástrofe cultural, como dijo Alan Moore?

Por un lado tenemos a Inarritú, que con su Birdman hizo la crítica más sublime al estado actual de la industria cinematográfica estadounidense, quién lanzó un reproche fuerte y contundente con un filme que tuvo a la mismísima academia premiando al avezado director, el mismo que acababa de criticar su fuente de ingresos más dadivosa de todas, diciendo que si bien podían ser divertidas, las películas de superhéroes intentaban ser profundas a la manera griega mitológica pero que, en realidad, eran muy de orientación política derechista, declarando odiar a los superhéroes por ser capaces de matar a quienes no piensan como ellos o por no ser lo que quieren que seas y, finalmente, que la experiencia humana no está en las tramas y explosiones de estas películas. Por el otro tenemos a Moore, leyenda viviente de la industria del cómic, el mismo que redefinió la forma en que eran contadas estas historias, declarando que ya no lee superhéroes desde los ochentas y que los odia y considera abominaciones que no simbolizan lo que antes simbolizaban, cuando eran historias dirigidas a chicos de 9 a 13 años a quienes ampliaban la imaginación, alegando que en el presente tenemos historias cuyo significado simbólico no ha cambiado desde entonces y que ahora son consumidas por adultos de 30 para arriba que están estancados en este mensaje para una generación antigua, un producto que las nuevas generaciones también consumen y encontrando alarmante que adultos vayan al cine a ver una película de conceptos y personajes diseñados para entretener a un niño de 12 años de los años 50. Ambos lados no están faltos de razón. De alguna forma podríamos llamar a lo que sea que esté pasando en Hollywood una catástrofe cultural, porque igual nos da una esperanza tratar de resolver la catástrofe o al menos empezar a ordenarla, pero luego piensas en las ventas y los estudios de mercadeo que muestran que el consumo de productos sube tanto como la producción de estos mismos. “Oferta y demanda” y todo eso. Y sabemos que de llegar a concluirlo como algo nocivo para la cultura, no podríamos llamarlo catástrofe pues esta “oferta y demanda” no parará mientras la industria de los superhéroes sepan como mantenerse relevantes. Y con filmes de distintos superhéroes planeados hasta el 2022, no se me hace fácil creer que no saben lo que hacen. Pero ¿es eso suficiente argumento como para lanzarme a llamarlo genocidio cultural? ¿será que es correcto decir que estas historias de superhéroes no representan nada de la experiencia humana? ¿será que simplemente son símbolos derechistas que enseñan conceptos de supremacía? ¿abominaciones que solían representar algo para niños y que ahora son el pantano donde se ahogan adultos de mentalidad infantil? ¿O será que representan más que solo eso?

Todo y nada. Lo que primero puedo afirmar es que es mejor no creerle del todo a nadie, ni siquiera a mí, que escribo esto, o cualquier otro lunático que les diga que tienen la verdad en una servilleta lista para que te la comas, pues nadie, ni el mismo Alan Moore, puede ser infalible y eso que por cosillas como Watchmen y V de Vendetta estaría totalmente inclinado a declararlo un genio absoluto. O Iñarritú, cuya visión se avocó más en centrarse en lo que el cine ha mostrado de los superhéroes que en la historia detrás de cada uno de ellos. Y no hablo de sus orígenes ficticios porque esos orígenes van variando según va cambiando, también, el mundo, sino de sus orígenes editoriales que son igual de apasionantes. Lo segundo que puedo afirmar es que aunque de manera muy emocional, Iñarritú, sí toca un punto válido al resaltar qué mensaje dan estos héroes por el simple hecho de que este mensaje será consumido no solo por mentes jóvenes sino porque serán enfrentados por adultos que, dándole un punto a Moore, en efecto están consumiendo ficciones diseñadas para otro tiempo y lugar, otra realidad, ya pasada pero ¿superada? ¿será que los superhéroes nos muestran la metáfora de cómo llegamos a donde estamos, o nos están intentando devolver a tiempos antiguos y simples? Y, saliendo de estas preguntas, lo tercero que puedo afirmar es que si bien la influencia cultural de estos superhéroes crece con el tiempo y que tendremos mucho más de ellos al menos por, quizá, otros cinco años, no es algo novedoso tener al mundo hambrientos de las ficciones de personajes imaginarios para distraerse por un rato de sus vidas o, peor aún, tampoco es novedoso que el humano esté convencido de ficciones a las que adornan con rituales y liturgias para preservar un orden y un modo de pensar. Desde las historias de las distintas mitologías antiguas, los poemas épicos, los relatos orales que terminaron impresos en forma de cuentos de hadas, pasando por la popularización de las vidas de todos los santos habidos y por haber, El Tratado de Nicea, o el triunfo de librillos de historias de terror de trama barata llamados Penny Dreadful en su Inglaterra natal (por su naturaleza y su precio), hasta Julio Verne, Ray Bradbury, Isaac Assimoov, George Orwell, Jack Finney, Jean Luc Goddard, Luis Buñuel, Ron L. Hubbard, Stanley Kubrick, Paulo Coelho, Alejandro Jodorowsky, el mismo Alan Moore y tantos otros que forman parte del grupo de sabidos mentirosos que nos dan entretenidas y diversas ficciones con las cuales distraernos y encontrar solaz en nuestras vidas y sus variadas realidades; ficciones que quizá algunos toman muy en serio y otros no creen más de lo necesario. Pues la ficción enriquece la experiencia humana, hace nuestras vidas más grandes y nos permite explorar mundos que jamás podríamos haber explorado. Nos entretiene. Y buscamos la ficción en todas partes, no solo en los superhéroes.

Nuestra época está marcada por esta tendencia de buscarse ficciones a las que aferrarse para enfrentar mejor la realidad. Antes de la moda de superhéroes estaba la breve moda de los zombies que sucedió a la moda de los vampiros o a la de los héroes de acción invencibles o tantas otras que podemos rastrear en el tiempo de vida de la industria. Así que más allá de luchar por entender o defenestrar esta moda de permitir a los superhéroes ser una de las influencias culturales más importantes de nuestros tiempos, tendríamos que dedicarle un momento a enterarnos de la historia detrás de las creaciones de estos personajes y el porqué de los giros en sus tramas, que están inevitablemente basadas en sucesos que vivieron sus autores en las épocas en que fueron concebidas dichas historias. Aprender a diferenciar estos aspectos del pasado con los aspectos del presente y darse el tiempo de realizar una lectura sesuda y, digamos que, responsable de la que podamos sacar conclusiones no muy apresuradas ni basadas en lo emocional. Procurando no estancarnos en la nostalgia de épocas pérdidas y en el sueño de una juventud eterna, abriendo los ojos sin dejar de disfrutar de la entretenida ficción que nos brindan los superhéroes hasta que lleguen sus futuros suplentes que harán lo mismo pero de otra forma.    

 

[1] Genial autor de la historieta Calvin y Hobbes. Vayan a leerla ¡ya!