Algo quema: lo que importa es el montaje

17 Septiembre, 2018

Algo quema: lo que importa es el montaje

Por: Adrián Nieve

Montajista es aquel que está en todas las etapas de un filme a lado del director, ayudándole a ser como el conductor de orquesta, ese que siempre está pensando en el tono y el tempo que tendrá cada escena. El montajista es un consigliere que se enfoca en el ritmo que tendrá la película, a través del tiempo y la forma en que yuxtapone las escenas a la hora de la edición.

Es como estar en un cuarto lleno de gente; alguien empieza a cantar (o silbar, tararear, quizá bailar) una canción que tiene pegada en la cabeza. La escuchas por un rato y, sin darte cuenta, empiezas a cantar también. Dependiendo de la canción que inició el contagio, uno puede continuar ese ritmo o procurarse nuevos, hasta que todos canten. No sé qué procesos psicológicos o neurológicos están involucrados en esto, pero si lo han vivido saben que a veces puede ser muy fácil contagiar un ritmo. Otras veces, no. Y eso es lo pesado de ser el montajista o el editor de una película: tu tarea es contagiar un ritmo específico a un grupo de gente desconocida, en un cuarto tan grande como la tierra.

(A veces) El ritmo lo es todo. Un chiste contado a la rápida provoca más desconfianza que risa, una charla demasiado lenta pierde toda chance de cautivar pero ayuda en la encarnizada lucha contra el insomnio. Hace poco vi Blackkklansman (2018), la nueva de Spike Lee, un filme de genial guion, buenas actuaciones, cámaras bien apuntadas y un sinfín de elogios que haría para convencer de que la película es buena. Pero a mí no me convenció porque el montaje y la edición establecían un ritmo que no iba con lo que sucedía en la trama. Era como que solo había conexiones lógicas de escena a escena, algunas cambiaban el ritmo muy abruptamente, o se movían a una velocidad sin tensiones. Le faltaba ese contagio que deja cuartos enteros cantando una misma canción.

Pero es justamente eso lo que más me fascinó de Algo quema (2018), la opera prima de Mauricio Ovando: su ritmo. La forma en que los montajistas crearon un ritmo balanceado pero, sobre todo, inmersivo. Algo quema es un filme que te empapa. Mientras al director le arden las entrañas con el tema del documental (es decir la visión familiar del abuelo, el ex presidente Alfredo Ovando Candia), el público es invitado a vivir la intimidad de su legado familiar. Y esto no es nada fácil. Hay que recordar alguna invitación al domingo familiar de un amigo o novia… ¡Que jodido es entrar en confianza! Incluso si eres carismático, igual se hace necesario conocerlos un poco, no sea que hagas un chiste desubicado y termines ofendiendo a la tía Pancha. Tal vez no hay que ir tan lejos y simplemente hay que pensar en la propia familia. Sus componentes, secretos, rencillas, chistes internos, el universo de cosas que la hacen única.

Algo quema es eso. El universo de los Ovando en torno a una figura mítica. Un ejercicio de perspectivas que nos empapa de la parte personal de algo histórico. Mientras los bolivianos, poco a poco, olvidamos a Ovando Candia, el paso del tiempo aclaró las cosas para su familia, les ayudó a hablar acerca del hombre al que se endilga mucha sangre derramada. Participar en esta catarsis, vivir un filme tan íntimo, son los grandes triunfos de una película que metaforiza la fragilidad de la memoria, mientras le pide a los que no olvidan que ya es hora de dejar ir y aceptar ciertas cosas que les enseñaron a negar.   

Todo gracias al poder del montajista y la edición. Las imágenes de archivo, los videos personales, las escenas que Mauricio Ovando filma con un tino cinematográfico espléndido (cuadros de poco movimiento, pero de tremenda significación y belleza), son coronadas por un diseño de sonido que enfatiza cada elemento fuerte (y débil) del filme. El resultado: una discreta y algo lenta sinfonía que nos hace, por una hora, parte de la familia Ovando y su mirada contradictoria del dictador que también fue un cariñoso padre y abuelo.